El Botox y las neuronas espejo

La noticia de que mujeres cada vez más jóvenes están recurriendo al Botox para “prevenir” arrugas nos lleva una vez más a la cuestión de la presión social alrededor del  “hacerse mayor” asociado a ideales de belleza totalmente distorsionados,  pero también nos acerca, de una forma inesperada, al tema del pánico que existe en nuestra sociedad en relación a la “falta de felicidad” en algunas de sus formas.

El tratamiento, si bien seguro en general, no está libre de “incidencias”: párpados caídos, sonrisas incompletas y un aire de parálisis gestual  suelen acompañar a un “No pasa nada!, solo un poco de Botox que va mal….no es permanente!“, que dicho por una mujer hermosa de 30 y pocos años, una mujer común que no se dedica al mundo del espectáculo o nada similar dejan en quién lo escucha un gesto sorprendido –sin Botox mediante-.

La expresión facial asociada al Botox, suele  tener  una cierta opacidad o monotonía que,  a pesar de la tersura de la piel, agregan un toque de indiferencia permanente a la mirada.

El lenguaje corporal  es el 65% de la comunicación humana y eso incluye las micro expresiones, esos mininos movimientos que matizan lo que decimos y que ayudan a transmitir emociones: alegría, ira, dolor.

¿Cómo se comunicaran esas caras congeladas con sus hijos, sus parejas, sus amigos? Porque es claro que solo con lo que denota el lenguaje (lo que decimos) es imposible transmitir lo que connota (lo que decimos más allá de lo que estamos diciendo).- Hablamos de los efectos de las prácticas estéticas en mujeres jóvenes en las que las arrugas de expresión aún no son molestas y en las que la relajación de la musculatura no puede mejorar lo que aún no se ha perdido. ¿Que se busca entonces?

Los cánones de las imágenes que bombardean la media, en donde  ya es imposible saber que refleja una fotografía debido al uso intensivo de Photoshop, generan profundas contradicciones. Por ejemplo, cada vez se impone con más fuerza el modelo de mujer senior a lo Jane Fonda  en el que se mezclan con sabiduría, el cuidado por el cuerpo, los hábitos sociales y la estética pero al mismo tiempo abundan los resultados excesivos e innecesarios . ¿Será el Botox  un intento fallido de Photoshop en 3D con el que abordar la creciente presión por “estar bien”?.

Borrar la expresión facial no solo impide comunicar gestualmente lo que sentimos, tampoco nos permite reproducir lo que siente el otro,  las neuronas espejo del “botoxdicto” parecen naufragar en el mutismo, o peor aún, en la afonía.

Existen estudios  acerca de  los efectos del Botox en la  empatía pero aún no se ha investigado su impacto en las relaciones de pareja, la sexualidad o en el vínculo  de esas jóvenes mujeres con sus bebés. La ausencia de discusión acerca de esos efectos en el maternaje no es un tema menor, si consideramos la importancia del rol de  la madre en el proceso de aprender a interactuar con el mundo.

Muchos estudios  analizan la respuesta infantil a las caras inexpresivas, entre otras señales de apego, no es nada nuevo ¿Por qué entonces parece que no suena ninguna alarma entre los médicos que aplican Botox a mujeres cada vez más jóvenes? Quizás se deba a la dificultad en entender que detrás de una demanda de intervención estética hay siempre una historia y una visión subjetiva de lo que refleja el espejo.

Pero, si la empatía es una piedra angular en la construcción de nuestras relaciones, vital para construir y mantener interacciones positivas con otras personas ¿Será la “cara de poker” una manifestación más de la anestesia emocional que marca nuestra cultura?

Una vez más, es imposible en temas de salud eludir una visión global de la persona porque nada es aislado, todo tiene repercusiones en el nivel físico, mental y social.

Seguramente el Botox tiene sus indicaciones clínicas y seguramente también es correcto su uso en el tratamiento estético de arrugas faciales o para relajar los músculos faciales con el objetivo de mejorar el aspecto general.  Pero, no tomar en cuenta el entorno psicológico y social que lleva a mujeres cada vez más jóvenes a abusar de su uso, tiene peligrosos efectos colaterales en sus vínculos y en su salud mental presente y futura.

Si una mujer en la treintena o menos tiene problemas con su imágen corporal quizás le sea útil consultar con un psicólogo que trabaje temas de asesoría de imágen y salud y que pueda ayudarla a hacerse algunas preguntas:

¿Cuál es su modelo de femineidad y belleza?

¿Se gusta? Si la respuesta es “no” ¿Por qué?

¿Como ha llevado los cambios corporales relacionados con la maternidad?

¿ Cómo le gustaría envejecer?

¿Cuáles son sus hábitos: deporte, hobbies, comidas, estética?

¿Cuáles son las exigencias de su ambiente profesional en temas de estética?

¿Qué nivel de satisfacción tiene actualmente en todas las áreas de su vida?

La proliferación de los selfies y la representación estática y silenciada de la expresión en el rostro femenino parece ser una nueva forma de invisibilidad.

La percepción de nuestra realidad, de nuestro estado de salud subjetivo, de todo lo que existe en el exterior, va a depender de las creencias y actitudes que tenemos, que están siempre condicionadas por la cultura y la familia. El medio que nos rodea puede ser positivo para desarrollar nuestra salud mental o negativo si en lugar de recibir confianza y autoestima, se nos limita nuestro valor social y se nos exige cumplir con modelos de vida y formas de pensar que son ajenas a nuestra personalidad.

Fuente: http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2013/may/22/botox-silences-womens-faces-empathy

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