Los selfies, nuestra nueva pasión narcicista

Por Enrique Valiente Noailles

Dos historias recientes, una risueña y otra trágica, han colocado en un primer plano el tema de los selfies, los retratos digitales que las personas sacan de sí mismas y que suben diariamente por millones a las redes sociales. Habiéndose masificado los dispositivos que permiten sacar fotos en cualquier ocasión, pocos resisten la tentación de incluirse, mediante la distancia de su brazo, en la eternidad del instante.

Lo que no estaba previsto es que en la lista de cultores de las selfies ingresara uno de nuestros antecesores en la escala de la existencia. De allí viene la primera historia: una batalla legal por el copyright se ha desatado en torno de la selfie que un macaco tomó de sí mismo, en Indonesia, con la cámara del fotógrafo inglés David Slater. Se cuenta que el simpático macaco robó la cámara y, seducido por el ruido de los clics, comenzó a jugar con ella, a disparar al aire y a sacarse fotos a sí mismo.

La sonrisa cuidadosamente elaborada (como en toda selfie), la expresión juguetona y los ojos pícaros fijos en la cámara confirmarían la teoría de Darwin, aunque no hubiera ninguna otra evidencia.

Es que el macaco sonríe con una sutileza y una ironía insuperables, como si hubiera podido entrever el problema que causaría. Porque la ley sostiene que el dueño de los derechos de autor de la imagen es de quien saca la foto, pero ¿qué sucede cuando el que saca la foto es un mono? Wikimedia Commons, el sitio de imágenes de uso gratuito, la publicó sin comprar los derechos bajo el argumento de que los monos no pueden poseer derechos de autor y que, por lo tanto, la imagen pertenece al dominio público.

En este punto, no debiéramos olvidar que los monos tienen algún lejano copyright sobre el hombre mismo, pero es cierto que no pueden patentar sus ocurrencias. Pero toda la discusión es, junto al autorretrato, gloriosa.

Para tornar las cosas más graciosas o grotescas, Slater argumentó, en defensa de sus intereses, no sólo que pagó el viaje y que el equipo fotográfico le pertenecía, sino que, para la ley, un asistente no es dueño del copyright. “Creo que el mono fue mi asistente”, dijo, intentando quitarle protagonismo, aunque concediéndole sin darse cuenta un estatus casi humano. Creer que el mono trabajó para él es, de todas maneras, de una ingenuidad conmovedora. Se enmarca en la ilusión del sujeto de servirse del mundo y de los objetos, sin sospechar que el mundo está también animado y que se sirve igualmente de nosotros.

En efecto, en este caso, el fotógrafo pagó miles de dólares para viajar a la selva, invirtió en conocimiento y equipos fotográficos, dispuso con minuciosidad la cámara para ser operada, y el mono se sacó una maravillosa foto para entregar al dominio público. Porque la sonrisa del mono refleja la ironía y acaso el agradecimiento de haber convertido al fotógrafo en su asistente. Para rematar la cuestión, Slater alegó que la fotografía es una profesión costosa y que “nos están quitando nuestro medio de vida”. Indiferente a esos motivos, el monito dejó claro cuál de los dos podía estar en riesgo de extinción.

El problema es apenas un indicio de lo que puede venir. Algún día, menos lejano de lo que parece, cuando estemos compuestos de silicio al estilo cíborgs -mitad máquinas, mitad hombres-, se plantearán nuevos problemas de derechos de autor. Una posible selfie del hombre, a largo plazo, tal vez sea una delgada existencia entre el animal y la máquina. Pero, en todo caso, uno no puede dejar de intuir que el macaco está parodiando, con su selfie, nuestra nueva pasión contemporánea.

Aunque tal vez se esté riendo también un poco de nuestra especie y de nuestra pretensión de haberlos dejado atrás. Sabemos, por ejemplo, que los monos titíes tienen conversaciones educadas y que mantienen una etiqueta para hablar y dejar hablar. Interactúan por turnos y esperan durante unos cinco segundos después de que uno de ellos termina para responder. No hay más que observar una sesión del Congreso para dar por tierra nuestra evolución frente a los simios. Es que no sólo compartimos un 99% de nuestros genes con ellos. Hay quien señala, como el filósofo de Princeton Peter Singer, que los monos tienen el mismo nivel cognitivo que un niño, y que deberían tener derechos comparables, cosa que no ayuda a Slater. …………………………………………………………………………

La selfie ha sido seleccionada como la palabra del año 2013 por los Diccionarios Oxford, se expande viralmente por nuestro planeta y abarca al presidente Obama en el memorial de Mandela, a Ellen DeGeneres en la noche de los Oscar, hasta llegar sin escalas a nuestro mono.

El otro caso, sin embargo, que conmovió al mundo en estos días, fue el de un matrimonio polaco que murió al caer de un acantilado en el intento de tomarse una autofoto cuando se encontraban en el centro turístico Cabo Da Roca, al oeste de Lisboa. Saltaron las vallas para buscar el mejor ángulo, pero esta sobredosis de ambición estética fue el paso que los llevó a la muerte.

Esta disposición a arriesgar todo por una mejora en la toma sólo puede comprenderse por la preponderancia que ha adquirido entre nosotros el parecer frente al ser. Y por la tendencia a convertir todas las vivencias en espectáculo, cuando a veces llaman a vivirse de manera no reproducible y singular. Unos pocos centímetros tras las barreras de protección, en busca de la perfección de la perspectiva, los llevó a despeñarse más de ochenta metros hacia el abismo. Como si el paisaje, que carece de sentimientos, hubiera cedido a su deseo y los hubiera devorado para permanecer, justamente, perfecto. Cosa que recuerda a aquellos indígenas que, agradecidos con los evangelizadores venidos de Europa, los devoraban en señal de respeto.

Como se ve, no hay que jugar de más con lo subhumano ni con lo extrahumano. Uno podría sacar conclusiones, aplicables también a otras esferas, sobre los efectos inesperados de pretender manipularlo todo. Pero, para culminar, el hombre había dicho con motivo de una exposición en Polonia de sus fotos de Portugal: “Como fotógrafo no soy un espectador pasivo, sino un cazador activo en busca de la mejor perspectiva”. Como en las tragedias griegas, es siempre un impulso ciego el que lleva al cazador a cazarse a sí mismo. Es que, justamente, esta desgracia evoca la historia de Narciso, quien también murió al caer al abismo de su propia imagen. Enamorado de su rostro y de su belleza, murió ahogado mientras intentaba abrazar la perfección de su rostro, luego de inclinarse hacia el agua que lo reflejaba.

¿Son las selfies una categoría del narcisismo contemporáneo? ¿O son una nueva manera de compartir nuestra vida con los demás? En cualquier caso, una arqueología futura de nuestras imágenes no dejará de asombrarse ante el fenómeno. Podrían ser, por un lado, una actividad lúdica, apenas un acto de ansiedad comunicativa, la necesidad de compartirse a sí mismo o de romper con un aislamiento. Pero las selfies son también una politización de la propia imagen, una autopromoción en la que cada uno controla cómo quiere aparecer ante los demás. Como señala Boris Groys, vivimos bajo un régimen de autodiseño y autosimulación compulsivos. Pero nadie está ya interesado en la contemplación. Vivimos en una civilización en la que todos muestran algo, pero en la que nadie lo mira.

Tal vez sea nuestra propia muerte lo que buscamos conjurar con la producción en masa de imágenes de nosotros mismos. Porque la foto intenta contrarrestar el tiempo. Sin embargo, ante la marea de fotos que lo combaten, el tiempo adopta también la suave sonrisa del macaco, porque sabe que las propias armas servirán para comprobar nuestra derrota. En suma, si el Narciso contemporáneo necesita recordarle al mundo de manera serial su rostro, es porque ya no encuentra un reflejo que le devuelva su imagen original, un espejo en el cual reconocerse. Y así como algunas tribus llamadas primitivas tenían miedo a perder el alma mediante una foto, en nuestro caso tal vez delate, a la inversa, la búsqueda de esa alma perdida. © LA NACION

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1720119-las-selfies-nuestra-nuevapasion-narcisista

Editado:  Raquel Ferrari

¿Por qué leer a Freud?

Ilustración : Alma Larroca

Porque:

1)Fue el primero que prestó atención a  lo descartado, lo intrascendente, los errores,lapsus, sueños, actos fallidos

2)Escribía bien. Sus casos clínicos pueden leerse como un relato en clave de diálogo

3) Es un representante de una época importante en los desarrollos científicos acerca de temas que aún hoy importan

4)  Nos enseña que la realidad de nuestra vida no está solo ligada a hechos externos sino que hay una realidad psíquica  con consecuencias en la realidad externa.

5) Descubrió  que solo conocemos la punta del iceberg (lo consciente) pero que la base  es inconsciente. “Las motivaciones, los deseos, la búsqueda de la verdad acerca de nuestras propias emociones son grandes interrogantes que siguen vigentes y de los que el psicoanálisis da cuenta como ningún otro. Por eso tiene una fuerza y una vida muy propia, con una continuidad que incluye sus orígenes.”

6) En esta época en que todo se considera patológico aún las emociones y los procesos vitales más habituales como el dolor y la tristeza volver a los escritos de Freud sobre los procesos esperables en el duelo y su diferencia con la melancolía puede ayudar a poner cada cosa en su sitio, alguien que atraviesa un duelo tiene que estar triste, es normal.

7) El arte, la cultura ha sido atravesada por el psicoanálisis. Dalí y su obra cobran brillo a la luz del psicoanálisis

8) Es un clásico y como tal nunca desaparecerá o perderá importancia, aunque sea para criticarlo. Solo su cartas con personajes como Einstein alcanzarían para valorarlo

9) Porque su metodología es la del pensamiento clínico con marchas y contramarchas, correcciones y superación de ideas iniciales en donde lo importante es escuchar al paciente

¿Por donde comenzar a leer a Freud?

1)  El más simple:- “Psicopatología de la vida cotidiana”- luego, “”El chiste y su relación con lo inconsciente”.

2) Sobre el Freud más social: -“¿Por qué la guerra?” y -“Psicología de las masas y análisis del yo”-, -“El malestar en la cultura”-,-” Moisés y la religión monoteísta-“.

¿Que diferencia hay entre el psicoanálisis y la autoayuda y otros modelos?

Todas las diferencias son pocas. En el psicoanálisis no se busca erradicar, arrancar, suprimir o negar los síntomas o anular el sufrimiento, sino que lo que se intenta es darles sentido en el contexto de la narrativa personal-la propia historia-. Se entiende que en un conflicto siempre hay algo valioso y se trata de recuperarlo de la manera más creativa posible.

En muchos países europeos (excepto España), Latinoamérica en general y  Argentina en particular este modelo ha ayudado a valorar el espacio de los psicólogos  con o sin orientación psicoanalítica. Por ejemplo, en Argentina  desde 2005,  la Ley 448 de salud mental de la Ciudad de Buenos Aires decreta que  los hospitales generales de agudos -que son 13- deberán tener   en sus guardias psiquiatra, asistente social y psicólogo.La atención primaria  reivindica así el rol del psicólogo como imprescindible en la valoración diagnóstica y la indicación terapéutica porque entiende que no se trata solo de dar píldoras psicoeducativas sino de poner en juego una táctica y una estrategia psicoterapéuticas.

“Ningún crítico es más capaz que yo de percibir claramente la desproporción que existe entre los problemas y la solución que les aporto.” (Sigmund Freud)

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1563977-por-que-leer-a-freud

Miedo : cuando el mundo se detiene

El miedo es una emoción que invade la percepción del tiempo: todo se detiene y queda a la espera de que el peligro-real o imaginado- desaparezca.-

En la vida,  una emoción  sucede a otra mientras colorea lo que nos pasa: estamos tristes, o alegres o asqueados o asustados. Y esas emociones definen la calidad de nuestras vivencias, nuestra memoria siempre va asociada a la tonalidad emocional del recuerdo que nunca es igual para todos porque la historia personal es intransferible.

Las emociones nos hacen únicos dentro de los seres vivos, a pesar de que en todas las especies hay emociones asociadas a enemigos, alimento o potenciales parejas, tal como ha estudiado Darwin.

Pero el salto cualitativo en la esfera humana radica en que la “emoción” se transforma en “sentimiento”. La respuesta “visceral” inconsciente se transforma en un proceso mental consciente, en un sentimiento; algunas emociones se transforman en sentimientos como la culpa o el orgullo fuertemente influenciados por el contexto social.

El miedo es siempre la respuesta emocional a una situación vivida como agresiva y-a diferencia de cualquier otra emoción-no puede ser pospuesta. Es la  amígdala (una zona muy pequeña situada entre los lóbulos temporales)  la responsable de detectar expresiones de miedo en otras personas y mantener la “memoria emocional” que permite recrear estados emocionales ya vividos.

¿Que pasa cuando sentimos miedo?

1) Se producen cambios en nuestra frecuencia cardíaca

2) Se activa la amígdala que -a modo de alarma- inicia una respuesta de huida o defensa.

3) Se detona la  ansiedad anticipatoria, la respuesta a una amenaza que no está aún presente, pero que en función de nuestro pasado personal y nuestra proyección de futuro “colorea” la situación.

4) Visualizamos varios desenlaces posibles en función de estos eventos del pasado que quizás nunca sucedieron: resolvemos antes de que el peligro se presente.

5) Si la ansiedad asocia eventos pasados a otros actuales que no son peligrosos en sí mismos, la  alarma se dispara igual, como la  alarma de un coche que suena loca en la noche sin que se trate de nada más que el viento.

Instalamos un trastorno de ansiedad, uno de los síntomas más frecuentes en la cultura occidental: el miedo al miedo que paraliza frente a un ambiente en el que todo parece ser un peligro potencial.

Dice Ledoux: “El miedo puede, definitivamente, modular las situaciones sociales. Maridos, esposas, padres y profesores usan el miedo igual que los políticos para conseguir objetivos sociales. Este no es un juicio de valor, es justamente lo que hacemos, sería mejor si usáramos formas menos aversivas de motivación pero precisamente porque el miedo funciona tan bien, e spor defecto lo que más usamos”.

Pero, el miedo no nos pone en marcha, nos paraliza, es el arma de las relaciones  autoritarias, dentro y fuera de la pareja, la familia, los grupos, las naciones.

Aprender a reconocer las emociones y poner bajo sospecha permanente la permanencia del miedo puede ser el primer paso hacia un futuro vivido como confiable

Fuente http://www.lanacion.com.ar/1533748-miedo-cuando-el-mundo-se-detiene

Terapias en el mundo virtual

Sigo con cuidado todo lo que se publica en relación a redes sociales, social media, internet y su uso.

Lo hago porque en la práctica clínica desde hace algunos años los pacientes comenzaron a hablar de  relaciones online fallidas, dificultada en desconectar del ordenador, afición excesiva a chats, etc…
A partir de ahí he profundizado en la perspectiva psicológica de lo virtual; accedí al punto de vista de algunos investigadores como sherrey turkley y trabajo con interés  las buenas practicas en el uso de redes sociales para la salud.
¿Usar espacios de realidad virtual  es una alternativa válida, interesante y necesaria o sólo refuerza la estructura defensiva del paciente?

¿Cuál es la forma más adecuada de incorporar lo virtual en la terapia de fobias o estrés pos traumáticos? ¿Puede el “como sí”  reemplazar a la terapia convencional o la complementa?.

“Comunicándose por voz o mensajes instantáneos, el paciente y su terapeuta pueden decidir que es hora de revisitar el lugar de un evento traumático; por ejemplo, un accidente de auto. Pero en la vida real estás muy lejos, o todavía no has vuelto a manejar. No hay problema: tu terapeuta hará aparecer la escena en minutos. Pronto estarás manejando en una ruta con una curva similar a aquella en la que perdiste el control ese día de lluvia. Cuanto más te acercas a ese punto, tu ansiedad aumenta y tus respiraciones se aceleran.”

El terapeuta estará allí entrenándote, recordándote las técnicas para manejar estos síntomas, si todo esto es demasiado, simplemente te transportarán instantáneamente a la realidad “real”.

Según Dillon, estos escenarios le permiten al terapeuta aconsejar a sus pacientes en tiempo real, además de ofrecerles experiencias que parecen genuinas pero que sin embargo ocurren en el ambiente seguro de la simulación. Las emociones son reales. Los logros también. Sólo el lugar es falso. http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1315435

Seguramente, podemos recrear una situación traumática a través de la pantalla y utilizando un avatar, pero ¿Es esta posibilidad más válida que la que utiliza el lenguaje como vía regia de acceso a los conflictos y las defensas? Creería que no se trata de cuál supera a cuál sino de la forma en que pueden complementarse.

Evidentemente es una cuestión de conocimiento de la psicopatología, de las dinámicas de funcionamiento de la mente y su relación con los procesos cerebrales y sobre todo de respeto por el paciente.

Es más probable que un terapeuta real que trabaja con un paciente real se sienta éticamente responsable y se preocupe por el paciente”, dice Christine Webber, psicoterapeuta londinense.

¿Es más probable?? …NO!, es imprescindible, Cristina, es imprescindible…..

Fuente:
Hacen terapia pero en un mundo virtual

Otros.
http://psivi.blogspot.com/

¿Para que sirve el psicoanálisis?

Como decía Discépolo en “Cambalache”, en estos tiempos de “Biblia contra un calefón”,  viene bien alguna reflexión crítica sobre el lugar del psicoanálisis en el “mercado” de salud  ¿es posible asociar estas dos palabras?,  porque  “quién entiende los por qué soporta los cómo”.

Aquí un estupendo artículo de Felipe Muller para La Nación:

Un espacio para la verdad

En la actualidad, hay toda una serie de pretextos muy válidos para no comenzar una cura psicoanalítica ante un padecimiento psíquico.

El primero de ellos es la variedad de alternativas psicoterapéuticas que ofrecen resolver estos padecimientos en un número cada vez más acotado de sesiones.

El segundo es la existencia de una industria psicofarmacológica cada vez más afinada en tratar las dolencias del espíritu con efectos secundarios minimizados.

El tercero tiene que ver con los tiempos y los costos: el psicoanálisis y el mercado de la salud parecen incompatibles.

Pero si bien hay más razones para no empezar un psicoanálisis, hay, por otro lado, una muy buena razón para hacerlo, que explica su prevalencia en nuestra cultura: el espacio psicoanalítico es uno de los pocos espacios en nuestra sociedad que aún se ocupa de la verdad.

La verdad de la que se ocupa el psicoanálisis es la del sujeto que consulta, que se presenta al consultorio con uno o más síntomas. El síntoma (molesto para aquel que lo padece y gran enemigo de todo el sistema de salud mental) es, para el psicoanalista, la oportunidad que tiene el sujeto de saber algo de su verdad, y remitirá cuando las cuestiones de esa verdad se traten.

El primer paso que da una persona en un espacio psicoanalítico es la llegada al consultorio de la mano del síntoma. El segundo se centra en convertir ese síntoma en una “zona de ignorancia” sobre sí mismo; la persona, en ese espacio, comienza a preguntarse sobre ese síntoma. La forma general de esa pregunta es: “¿Qué tengo que ver yo con esto que padezco?”. En ese momento, se ha instalado entonces esa “zona de ignorancia” sobre sí mismo que encamina al “consultante” al lugar de “analizante” y lo acerca ahora a la búsqueda de una verdad que vive en él pero que desconoce. Esa verdad propia es inconsciente.

Freud propuso cuatro formas de acceso al inconsciente para saber de esta verdad que tiene efectos determinantes en la vida de los sujetos: la transferencia, los actos fallidos, los sueños y los chistes. Así, en los equívocos al hablar, donde la mayoría de las personas descarta el acto y lo significa como carente de importancia alguna, el psicoanalista opera en un sentido opuesto. Dice que hay algo que escuchar allí, en esa interrupción del discurso del analizante; que el equívoco es una posibilidad de conocer algo de esa verdad inconsciente. Entonces, si el tercer paso que da un analizante es hablar a partir de esta pregunta sobre sí, el cuarto paso será servirse de estas vías de acceso a su propia verdad que irrumpen en el diálogo con el psicoanalista.

Esta verdad tiene menos que ver con la verdad de la ciencia, una verdad continua, que está por todos lados y que -con las virtudes de la metodología y las herramientas adecuadas- se puede descubrir. La verdad con la que trata el psicoanálisis es una verdad discontinua, que tiene, como diría Foucault, sus momentos de aparición, y lo hace en estos acontecimientos psíquicos que para el psicoanalista son vías de acceso al inconsciente. Así, esta verdad aparece como un rayo, y la relación con ella no es de descubrimiento, sino de captura.

No hay otro método terapéutico que se ocupe de las cuestiones del padecer humano que haga hincapié en la verdad del sujeto. Al contrario, las psicoterapias en general, así como la psicofarmacología, apuntan a la remisión sintomática como objetivo. Tampoco el valioso aporte de las neurociencias se ocupa de esta verdad particular, sino de aquella que se encuentra en todas las personas y que nos permite saber que, por ejemplo, determinada área del cerebro se activa cuando tenemos miedo, contribuyendo de esta manera al conocimiento general de la especie humana.

La verdad del sujeto no está disponible de manera directa, sino que requiere un proceso de captura (nunca es final, sino que se encuentra en constante desarrollo), donde esa verdad va revelándose, y consecuentemente produciendo efectos expansivos y liberadores en la subjetividad del analizante.

La irrupción de esta verdad reclama un proceso cuyo tiempo es el tiempo del sujeto mismo. Por eso, el psicoanálisis va también en sentido opuesto a los requerimientos del mercado de salud. Y quizás éste sea el punto en el cual hay que detenerse para analizar la tan promocionada mala fama del psicoanálisis, que casualmente ofrece uno de los pocos espacios en nuestra sociedad donde la cuestión de la verdad del sujeto tiene centralidad, independientemente de los tiempos ajenos. © La Nacion.