Qué son las ciberadicciones y cómo tratarlas

Es evidente que se ha producido un gran cambio de paradigma desde la visión de McLuhan de la aldea global (1989) hasta el uso de teléfonos móviles que en 2018 ascendía a 5135 mil millones de personas (68% de la población mundial). Las categorías de tiempo y espacio tal y como se entendían hace 20 años están totalmente abolidas y un nuevo criterio de “realidad” ha llegado para quedarse. El uso de Internet es masivo tanto en dispositivos móviles para entretenimiento pero también en todo tipo de actividades : salud, educación, economía, turismo, etc.

Con el cambio en las costumbres y hábitos de comunicación social, surgen también nuevas pautas en las conductas individuales. En este sentido la Ciberpsicología, esa nueva rama de estudio que trabaja en el análisis de los comportamientos en la Red, hace ya tiempo que analiza el tema de los patrones de uso de las redes sociales.

En un mundo en el que privan las conductas adictivas con y sin sustancias, el uso abusivo de pantallas se ha transformado en un desafío para los psicoterapeutas..

Hagamos un poco de historia: el término “Desorden por abuso de Internet” fue propuesto en tono de broma por el Dr Ivan Goldberg en 1995 . Goldberg refirió un “síndrome” con aumento de la ansiedad y necesidad de conectarse muchas horas, incluso proponía crear grupos de “ciberadictos anónimos”. Involuntariamente abrió un debate en donde se fue mezclando la acción de algunos colegas como la Dra Kimberly Young, fundadora del primer Centro de Recuperación de Adicción a Internet- con el relato de personas que decían padecer esos síntomas. “Si extendemos el concepto de adicción para incluir todo aquello que la gente hace en exceso, tendríamos que aplicarlo a leer libros, a hacer ejercicio, a hablar con la gente...”, declaró Goldberg a la revista The New Yorker en 1997, en un

Lo cierto es que desde ese ya lejano 1996 a la fecha han proliferado los estudios sobre estas cuestiones. Si bien el DSM-V (2014) solo ha incluido en su sección III el denominado «Internet Gaming disorder», en referencia al uso problemático y abusivo de videojuegos y juegos de azar, ha descrito también el uso excesivo de Internet, que no alcanza el rango de trastorno psicopatológico, aun teniendo incidencias negativas en el ámbito académico, laboral o familiar. La sección III intenta avanzar en la evaluación de síntomas haciendo énfasis en el contexto cultural de los trastornos. La mayoría de la literatura que alimenta la observación de las nuevas conductas en el uso de Internet proviene de Asia y se centra en adolescentes y adultos jóvenes.

criterios adiccion juegos por internet

Los estudios sugieren que cuando este colectivo accede a videojuegos y apuestas online se disparan algunas respuestas cerebrales, similares a las observadas en los consumidores de drogas. El gaming promueve sentimientos de placer y recompensa que, en su versión

máxima, se transforman en adictivos. Al identificarlos, el DSM -V facilita que se promuevan investigaciones para definir si se trata o no de un trastorno psicopatológico.

El peso de lo cultural es una variable muy importante, así vemos que el Kaohsiung Medical University Hospital (Taiwan) valoró en 2017 en un 11% el porcentaje de adolescentes obsesionado con la Red que sube al 14% en China pero por su lado la Georgia Regent University (Augusta) lo fija en un 4% en EE UU para el mismo periodo .

No obstante, El Dr, Vaughan Bell psicólogo clínico británico especializado en intervenciones psicológicas para pacientes ambulatorios psicóticos, cree que estas encuestas tienen fallos en su diseño: “Definen adicción en función del número de horas que pasamos Online, pero no refieren las causas que lo motivan. La gente es adicta a sustancias o actividades, no a un medio de comunicación. Decir que soy adicto a Internet es tan absurdo como decir que lo soy a las ondas de radio”.

Las líneas de investigación abiertas desde 2002 han sido diversas; algunas como las del Dr. Scott E. Caplan (Universidad de Delaware) han profundizado en la relación entre las características psico sociales y la respuesta a Internet. Según sus estudios, las personas ansiosas o deprimidas tienden a usar más Internet y no al revés. Desde esta perspectiva,la Red no “crea” la patología sino que es solo un canal que puede ser utilizado de muchas maneras distintas. Como psicólogos, nos enfrentamos a nuevos fenómenos asociados a cuestiones como el ciberbullying, el acoso cibernêtico, las relaciones interpersonales conflictivas mediadas por la Red y el aumento del uso problemático de los teléfonos móviles.

Desde la salud mental, el contexto ciberpsicológico es un desafío que nos impone una correcta lectura diagnóstica de las demandas de intervención, para luego trabajar en intervenciones psicoterapéuticas eficaces y eficientes. Las cinco preguntas básicas serán el primer paso en el análisis cualitativo de lo que pasa:

¿Quién? ¿Qué? ¿Cuando? ¿Dónde? y ¿Por qué?

Quién utiliza la Red : ¿un adulto?, ¿un adolescente? ¿un niño? ¿un equipo? ¿un docente? ¿un adulto mayor? ¿un equipo médico? ¿un grupo empresario? ¿un ingeniero en software?

Qué dispositivo utiliza: ¿teléfonos inteligentes? ¿Ipad? ¿ordenadores? ¿consolas de juego? ¿tablet?

Cuando lo utiliza: ¿en clase?, ¿mientras come?, ¿en reuniones con amigos o familia? ¿cuando viaja? ¿antes de ir a dormir? ¿mientras trabaja?

Y ¿cuánto tiempo emplea Online?

Dónde está el usuario: ¿en casa? ¿en el trabajo? ¿en todas partes?

¿Por qué se conecta?: ¿por aburrimiento? ¿para informarse? ¿para no perderse nada? ¿para compartir estados de ánimo? ¿para chatear? ¿para hacer visible contenido multimedia propio o ajeno? ¿para evangelizar? ¿para jugar? ¿para trabajar?

Un análisis de esa información nos permitirá encuadrar el contexto y así trabajar en una propuesta psicoterapéutica idónea. Hablar sólo del QUÉ (muchas horas conectado), sin considerar el CÓMO y sobre todo el POR QUÉ no es una estrategia correcta para definir ninguna patología, es necesario superar la mera descripción de una conducta si queremos trabajar en una clínica seria de la Psicología de Internet.

Por ejemplo, un uso abusivo de pantallas como síntoma de un desorden mayor sugerirá siempre cierto grado (elevado) de irritabilidad junto a una preocupación permanente por volver a estar en el ciberespacio. Si en la interacción online invertimos tiempo y dinero excesivo como es el caso algunos usuarios de juegos de azar online o de videojuegos. pero también si se detecta una sensación de bienestar al conectarse, se miente sobre el tiempo que se ha permanecido en la red, se alteran los patrones de sueño es probable que estemos frente a un nivel de dependencia con marcada pérdida de la autorregulación.

El Dr.Philippe Jeammet, psiquiatra francés, psicoanalista de niños y adolescentes se refiere al narcisismo en la época actual marcando una diferencia : “Hoy en día la ausencia de límites, la evolución muy rápida del sistema de valores y sobre todo el derrumbe de las prohibiciones han sido reemplazados por una exigencia de rendimiento”…

¿Y si en vez de educar a los hijos empezamos por los padres?

Solo hay que fijarse en el éxito de los blogs de desarrollo personal y la búsqueda de “logros extraordinarios” como medición del éxito. ¿Cuántos amigos tienes en Facebook? ¿Cuantos seguidores en Twitter o Instagram? Se trata de nuevos discursos, nuevos escenarios para viejas cuestiones. El narcisismo se instala en la Red alimentando el exceso de egocentrismo y la dependencia extrema de la “admiración” de los otros y evitando aquellos datos que sean contrarios a la autoimagen inflada en un escenario de “éxito”.

En las redes sociales suele surgir un discurso que legitima el derecho a la devaluación y la crítica despiadada en un marco generalizado de superficialidad. Es en esos casos en los que detectamos que una verdadera “furia narcisista” se ha dejado caer en las historias de esas personas “enganchadas a la Red” que comentan en la consulta sus pensamientos y emociones porque un perfil se ha borrado, un relación online ha terminado o simplemente se ha roto su ordenador o se agotó la memoria de su teléfono móvil y deben desactivar aplicaciones. .

En temas de abuso de pantallas, es raro que alguien consulte por sí mismo, generalmente es un tercero el que pide ayuda por él: es la esposa abandonada a manos de un chat nocturno, el padre preocupado por los gastos indebidos de su hijo adolescente o sus bajas notas o un amigo que está harto del monotema de lo “rewarding” que es Fortnite.

El” implicado” generalmente niega la cuestión, no cree que su relación con la pantalla esté alterando otras áreas de su vida: familia, amigos, trabajo, economía. Las horas en el ordenador nunca son suficientes, el tiempo libre y a veces también el laborable es absorbido por esta actividad..

Las personas que empiezan a pensar que quizás tengan “un problema”, intentan “resistir” imponiéndose períodos de abstinencia forzosa del ordenador al que suelen seguir verdaderos “atracones” informáticos.

En un caso como éste, en el que el aspecto del  placer ligado a la búsqueda es determinante, de nada sirve el intento de limitar la actividad compulsiva.

Para diseñar estrategias de abordaje psicoterapéutico eficaces es preciso entender que no se trata sólo de la vulnerabilidad de algunos perfiles de personalidad sino básicamente de las características que las tecnologías tienen: facilidad de acceso, funcionamiento 24/24 los 365 días del año, recompensa en corto plazo, sensación de control, ilusión de conexión social, visibilidad, posibilidad de crear personalidades ficticias, desconexión de la realidad, etc..

Aún hay pocos estudios sobre la eficacia y eficiencia de los tratamientos farmacológicos y psicoterapéuticos para afrontar el uso abusivo de Internet, en general se están utilizando intervenciones desde el modelo cognitivo conductual y la terapia breve centrada en Soluciones. Por ejemplo, una intervención posible pasa por apoyar la lógica del “adicto” sugiriendo ritualizar y puntualizar todavía más su búsqueda.La prescripción será entonces esforzarse por entrar en la Red a cada hora en punto y durante 5 minutos exactos pasar revista a todas las info que se desee; transcurridos esos 5 minutos, hay que dejarlo hasta la hora siguiente y así sucesivamente.La respuesta habitual a esta prescripción es que la persona que normalmente permanecía en la Red mucho tiempo, consigue mantenerse dentro de los espacios convenidos, sin el deseo de utilizar Internet en otros momentos.

De forma paralela, el hecho de “tener que” controlar cada hora las novedades durante cinco minutos induce a sentir la búsqueda ya no como una agradable compulsión sino como una obligación hacia el terapeuta y como tal no tan deseable.En este punto cambiamos la prescripción : ” entrar a la red cada dos horas”. De este modo vamos guiando al paciente para que reduzca cada vez más la cantidad de tiempo que dedica a Internet mientras va cambiando su manera de entender la cuestión: la búsqueda de informaciones pasa de ser un hábito agradable a ser una aburrida tortura de la que hay que apartarse. Obviamente si en paralelo no se trabajan las creencias, los hábitos, el uso del tiempo libre, los niveles de ansiedad, etc. no podremos hablar más que de éxitos temporales.

Otras opciones psicoterapéuticas vienen desde el marco conceptual sistémico, sobre todo en lo referente a adolescentes. Aquí no nos centramos en el síntoma sino en las relaciones familiares, buscando nuevas fórmulas de equilibrio con pautas de relación alternativas.

De todas formas, consideramos que en este tema, es imprescindible trabajar más sobre los factores protectores y la prevención primaria, y sobre todo en el desarrollo de la inteligencia emocional en sus cuatro vertientes (Goleman) : autoconocimiento y autorregulación, empatía y habilidades sociales pero también en la adaptación al cambio, el espíritu crítico y la motivación para transitar las nuevas realidades sin estar atravesados por el algoritmo de las rede

Publicado por

Raquel Ferrari

Raquel Ferrari

Lic. en Psicología, psicoterapeuta en practica privada
Publicado • 3 horas

Por qué debemos abandonar el actual modelo de atención en salud mental

Por: Peter Kinderman

La idea de que nuestras emociones más estresantes como la pena o la ira, pueden ser entendidas mejor como síntomas de una enfermedad mental es seductora y ampliamente difundida. Pero, desde mi punto de vista, es también un mito y muy dañino.

Nuestro abordaje de ayuda a personas vulnerables a situaciones agudas de angustia está  severamente obstaculizado por ideas anticuadas, inhumanas y poco científicas acerca de la naturaleza y el origen de los problemas mentales.

Necesitamos un cambio radical, no solo en la forma en que entendemos los problemas mentales, sino también en como diseñamos y llevamos a la práctica los servicios de salud mental.

Hasta las más importantes autoridades médicas han comenzado a cuestionar la creciente medicalización de la vida diaria y critican la escasa solvencia, validez, utilidad y humanidad de los diagnósticos psiquiátricos convencionales.

Estamos preparados para definir, identificar y medir el fenómeno que intentamos estudiar y los problemas que llevan a la gente a pedir ayuda. Pero, ofuscamos más que ayudamos cuando usamos el lenguaje de la patología médica para describir una respuesta entendible y humana a situaciones estresantes o traumáticas.

Hay razones éticas y humanitarias para ser escépticos respectos del diagnóstico psiquiátrico tradicional. Pero también hay razones científicas. Es raro aunque altamente significativo, que las estadísticas de fiabilidad de la American Psychatric Association, influyente franquicia del DSM, estén cayendo en forma sostenida.

Es difícil distinguir diferentes «desórdenes» en forma confiable. De hecho, Thomas Insel, Director del Instituto Nacional de Salud Mental, sugirió recientemente que los diagnósticos psiquiátricos tradicionales habían sobrevivido a su  verdadera utilidad.

Es muy fácil asumir, que los problemas de salud mental- especialmente los más severos como la esquizofrenia o  el trastorno bipolar- serían  misteriosas enfermedades biológicas, azarosas y esencialmente desconectadas de la vida de la persona. Pero cuando comenzamos a preguntar acerca de este tradicional modelo de pensar la enfermedad, esos supuestos comienzan a desmoronarse.

Algunos neurocientíficos han afirmado que toda angustia emocional puede finalmente ser explicada en términos de sinapsis y neurotransmisores.  Esta lógica se aplica a todas las conductas humanas y no diferencia entre el síntoma-explicado como un producto de desequilibrio químico- y las emociones «normales».-

Aún más, si bien está claro que la medicación (como muchas otras sustancias, incluidas las drogas y el alcohol) tiene efecto en nuestros neurotransmisores y en nuestras emociones y conductas; hay un trecho hasta afirmar que las experiencias vividas como estresantes son causadas por desequilibrios en esos mismos neurotransmisores.

Mucha gente sigue sosteniendo que problemas serios, como las alucinaciones y  las creencias delirantes, son básicamente biológicos; pero ahora tenemos considerable evidencia  de que las experiencias infantiles traumáticas (pobreza, abuso, etc) están asociadas a posteriores episodios psicóticos.

Existe una suposición casi instintiva de que el suicidio, por ejemplo, es consecuencia solo de una enfermedad subyacente.  Esto contrasta con la observación de que la reciente recesión económica ha tenido un impacto en las tasas de suicidio, un ejemplo dramático (y triste) de como los factores sociales impactan en nuestra salud mental.

La actividad neural y los procesos químicos del cerebro están detrás de todas las experiencias humanas y es seguramente útil entender más acerca de como trabaja el cerebro humano. Sin embargo, esto es muy distinto que asumir que algunas de estas experiencias (disociaciones, distimia, ansiedad, etc..) deberían ser clasificadas como enfermedades. El cerebro humano no es solo una estructura biológica compleja, es también un motor de aprendizaje.

Aprendemos como resultado de las cosas que nos pasan, y hay una evidencia creciente de que aún los problemas mentales más severos no son meramente resultado de genes defectuosos o neuroquímicos; son también el resultado de la experiencia, respuestas naturales y normales a las cosas terribles que pueden sucedernos y que modelan nuestra visión del mundo.-

Tradicionalmente, la idea de que los problemas mentales son enfermedades como cualquier otro tipo y que entonces las personas no serían responsables o culpables por estas dificultades, ha sido vista como un arma poderosa para reducir el estigma y la discriminación. Desafortunadamente, el énfasis en explicaciones biológicas para los problemas mentales puede que no sirva, porque presenta estos problemas como una parte heredada e inmutable del individuo. En contraste, un enfoque más genuinamente empático sería entender el proceso por el que  todos respondemos emocionalmente a los desafíos que nos presenta la vida.

No obstante, las cosas están cambiando. En los últimos 20 años, hemos asistido a un crecimiento muy positivo de los movimientos de usuarios y ex-pacientes, en los que gente que ha pasado por experiencias de cuidado psiquiátrico participa en campañas para lograr una cobertura social más responsable.

Estamos comenzando a ver el inicio de una actitud más transparente y democrática en salud mental. Estos cambios han llevado a pedir alternativas radicales a las formas tradicionales de cuidado, pero debo decir que no necesitamos nuevas alternativas. Ya tenemos opciones efectivas. Solo necesitamos usarlas.

Los clínicos han hecho oír su preocupación acerca de los beneficios relativos de la medicación psiquiátrica y hay una evidencia creciente de la efectividad de  terapias psicológicas, como la psicoterapia cognitiva, aún para personas con serios problemas de salud mental, por ejemplo para aquellos diagnosticados con esquizofrenia o aquellos que eligen no tomar mediación.

Necesitamos humanizar la psicología. La ciencia psicológica ofrece modelos sólidos de salud mental y bienestar, que integran hallazgos biológicos con evidencias sustanciales de determinantes sociales de salud mental mediados por procesos psicológicos.-

Debemos abandonar el modelo de enfermedad que supone que el trastorno emocional es meramente un síntoma de una enfermedad biológica y adherir a un modelo de salud mental y bienestar que reconozca nuestra esencia como seres humanos y sociales. Los factores biológicos, sociales y las circunstancias personales nos ayudan a construir el sentido de quienes somos y de como funciona nuestro mundo.-

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Esto también significa que deberíamos reemplazar el diagnóstico tradicional por una franca descripción de los problemas. Debemos dejar de considerar los problemas emocionales solo como síntomas de una enfermedad «diagnosticable».

Una simple lista de problemas más comunes (debidamente definidos) debería tener validez científica y debería ser más que suficiente como base para el diseño de una estrategia terapéutica y de los servicios de salud mental. Esto no supone rechazar el rigor del método científico, sino todo lo contrario. Mientras  los diagnósticos psiquiátricos carecen a veces de utilidad, es posible tipificar los problemas psicológicos, describirlos y categorizarlos para desarrollar tratamientos coherentes con esos criterios.-

Todo esto significa que deberíamos ir desde el diagnóstico de enfermedad mental y de la búsqueda de etiología a la identificación  de los mecanismos que definen los fenómenos psicológicos. Nuestro sistema de salud debería reducir drásticamente la confianza en la medicación para centrarse en el sufrimiento emocional y no ver a la medicación como una «cura» o como una forma de gestionar una enfermedad inexistente.

Hay que ofrecer coberturas de salud que ayuden a la gente a ayudarse y ayudar a su entorno más que a desempoderarlos, servicios que favorezcan la autonomía. Esto significa vincular trabajadores sociales con psicólogos en equipos multidisciplinarios y promover las soluciones psico sociales antes que las médicas.

Ahí donde se necesite terapia individual, efectiva y personalizada debería haber oferta de psicoterapia para todos y en caso de crisis aguda, la internación puede ser necesaria, pero esto no debiera entenderse como un tema solo médico.

Si el modelo de enfermedad actual es inadecuado, también es inadecuado, atender a la gente en hospitales. Un modelo diferente de cuidado es necesario. Adoptar esta perspectiva daría como resultado un giro fundamental desde un modelo médico a un enfoque psico-social. Significaría ir desde el hospital psiquiátrico a una atención residencial y a una reducción drástica de la medicación.

Y, debido a que las experiencias de abandono, rechazo y abuso son extremadamente importantes en la génesis de muchos problemas, necesitamos redoblar nuestros esfuerzos para abordar las causas subyacentes de abuso, discriminación e inequidad social.

Este es un rotundo llamado a una revolución en la forma en que conceptualizamos la salud mental y en como brindamos atención a las personas enfermas aunque creo que es una revolución que ya está en marcha.-

 

Peter Kinderman Acerca del autor: Peter Kinderman  es profesor de Psicología Clínica en la Universidad de Liverpool y Psicólogo Clínico colegiado. Es Jefe del Institute of Psychology, Health and Society, de la Universidad de Liverpool. Su investigación está centrada en los procesos psicológicos subyacentes al bienestar y la salud mental, y en particular, en sintomatología psicótica (alucinaciones y delirios). Seguirlo en Twitter @peterkinderman
Fuente:

Los Trastornos de personalidad en el DSM-5

Comentario publicado en Am.J.Psychiatry 167:9,September 2010 (ajp_psychiatryonline.org 1027)

Los trastornos de personalidad en el DSM-5**

Shedler Jonathan, PH.D.

Aaron Beck, M.D.

Peter Fonagy, PH.D.

Glen O. Gabbard,

M.D. Gunderson John, M.D.

Otto Kernberg, M.D.

Robert Michels, M.D.

Drew Westen, PH.D.

El DSM-5 presenta en la forma propuesta un cambio significativo en el enfoque de diagnóstico de los trastornos de la personalidad.

Los criterios diagnósticos descritos en el DSM-III y DSM-IV y la introducción del eje II centraban la atención  en la práctica clínica para fomentar la investigación sobre el diagnóstico, la epidemiología, la psicobiología, el curso clínico y el tratamiento de los síndromes descritos.

Un sistema de diagnóstico debe ser clínicamente relevante abarcando el espectro de los síndromes de la personalidad que se ven en la práctica, facilitar su reconocimiento, y aún así ser suficientemente simple como para ser utilizado por los médicos, incluidos los que no se especializan en la evaluación y el tratamiento de la personalidad.

Al mismo tiempo, el sistema de diagnóstico necesita reflejar el progreso y apoyar la investigación que lleve a una mayor comprensión y un mejor tratamiento de estas enfermedades. Lamentablemente, esta  última propuesta de sistema de clasificación de trastornos de la personalidad es demasiado complicada, incluye un enfoque de diagnóstico basado en rasgos sin una justificación clínica adecuada y omite síndromes de personalidad que tienen utilidad clínica significativa.

La propuesta del sistema de diagnostico del DSM-5 , es un conglomerado complejo de modelos diferentes que no pueden coexistir felizmente, lo que aumenta la probabilidad de que muchos médicos no tengan la paciencia y persistencia para hacer uso de ella en sus prácticas. El proyecto de criterios resultante abarca 5 niveles de funcionamiento de la personalidad, 5 tipos de personalidad, 6 Escalas de calificación de rasgos de Personalidad, y 4 a.10 subescalas de evaluación de rasgos o facetas por escala de evaluación de rasgo.

Un enfoque desde la utilidad clínica debería centrarse en los tipos de personas, no en los tipos de escalas de calificaciones. La unidad principal de diagnóstico debería ser un síndrome de personalidad, una configuración o patrón de personalidad que relacione funcionalmente entre sí los procesos de cognición , la afectividad, las relaciones interpersonales, el comportamiento, resistencias y defensas .

Los profesionales de salud mental piensan en términos de síndromes o patrones (como se reconoce en todas las anteriores versiones del DSM), no en términos de sub componentes de-construidos o en términos de más de 30 rasgos dimensionales independientes para ser evaluados (como en la actual propuesta del DSM-5).

Los profesionales ven patrones coherentes de procesos interrelacionados donde personas no entrenadas se pueden confundir. La evaluación del diagnóstico también debe reconocer gradaciones de gravedad,  que sí están presentes en esta versión (un mejoramiento bienvenido en relación al DSM-IV), un paciente con trastorno narcisista puede ser ligeramente alterado socialmente o más o menos  deteriorado como para no participar eficazmente en cualquier tipo de interacción personal.

El enfoque  de prototipos propuesto para el DSM-5 ofrece una descripción de 5 desordenes de personalidad:

  • Trastornos antisociales / psicopáticos,
  •  Trastorno evitativo,
  •  Trstorno límite,
  • Trastorno obsesivo-compulsivo, y
  •  Trastorno esquizotípico

No hay apoyo empírico que avale la utilidad de un enfoque de prototipo para el diagnóstico: la investigación en ciencia cognitiva nos dice que la toma de decisiones en el proceso diagnóstico, es de por sí un juicio acerca de la pertenencia a una categoría, que por lo general se basa en que el prototipo se ponga en juego.  Los prototipos cognitivos son construcciones  que captan diversas características pero relacionadas entre sí dentro de un síndrome de personalidad.

“Somos fervientes partidarios de que el sistema de prototipos se amplie para abarcar la gama de los síndromes de la personalidad  que se ven en la comunidad  y que se han identificado empíricamente” 

La  propuesta del DSM-5 combina este enfoque de prototipos basado en la clínica, con un segundo modelo de evaluación multidimensional, organizado en torno a las dimensiones de rasgos (escalas de evaluación) en lugar de síndromes.

El modelo de rasgos desarrollado dentro de la psicología académica tiene su origen en la investigación de lo normal (no clínico) de las poblaciones. Las seis dimensiones propuestas son:

1) La emocionalidad negativa, que incluye «aspectos» de la depresión, la ansiedad, la vergüenza y la culpa,

2) La introversión, que incluye la retirada de las interacciones sociales ,

3) El antagonismo, que incluye un sentido exagerado de su propia importancia;

4) La desinhibición, que incluye la impulsividad,

5) La compulsividad, que incluye el perfeccionismo y la rigidez, y

6) La esquizotipia, que incluye las percepciones y creencias extrañas.

Estas características representan un esfuerzo por sintetizar y relacionar diferentes modelos de datos. Sin embargo, las dimensiones y facetas de los rasgos propuestas y el sistema de evaluación en general no han sido investigadas empíricamente. El modelo resultante ya no se basa en décadas de investigación, que había sido la razón principal para su inclusión. Continuar leyendo «Los Trastornos de personalidad en el DSM-5»